Francisco: ¿una revolución en marcha?

francis

Por Wladimir Uscátegui

Se cumplen ya cinco años del papado de Francisco, quien pasará a la historia por ser el primer Papa latinoamericano en sentarse en la silla de San Pedro. Pero Francisco (o Pancho, como prefieren llamarlo sus seguidores de este lado del Atlántico) ha destacado no solo por ese hecho, sino por una infinidad de gestos, declaraciones y actitudes que, al menos en apariencia, han revolucionado, siquiera poco, a una institución tan retrógrada y reaccionaria como la Iglesia Católica que, en consecuencia, vive hoy una suerte de segundo aggiornamento.

El contraste entre Francisco y sus dos antecesores inmediatos (Juan Pablo II y Benedicto XVI), caracterizados ambos por sus posiciones reaccionarias e inflexibles, es enorme; de eso no hay duda. Y ello quizá se refleje mejor en la popularidad del Papa, hoy por hoy uno de los personajes más influyentes del mundo. Esto último ha llevado a algunos críticos a denunciar que, en suma, Francisco no es más que un producto, un personaje bien elaborado cuyo fin es justamente ese: darle un nuevo aire a la Iglesia a través de una operación meramente cosmética. La progresiva y rotunda desbandada de fieles hacia otras iglesias, especialmente las mal llamadas “cristianas” (entre las que se cuentan los cultos evangélicos, pentecostales o neopentecostales, los adeventistas o los neocatecumenos, entre otros) parece ser la justificación de una estrategia encaminada, pues, a recuperar fieles.

En este punto, vale la pena señalar un hecho por lo menos curioso. A tenor de los titulares, durante estos cinco años parece que la figura de Francisco es una cosa y la Iglesia a la que representa, otra. En otras palabras, que muchas veces las declaraciones, bastante polémicas, del pontífice no siempre encuentran demasiado eco en el Vaticano. No es que haya conflicto, o al menos no lo parece. Pero sí es muy cierto que lo que dice Francisco suele atribuirse al hombre que es Jorge Bergoglio más que a esa entidad medio metafísica que es la Iglesia.

Pero más allá de las declaraciones, Francisco ha dado muestras sinceras de querer proseguir la ruta que señaló el siempre bien recordado Juan XXIII en su proyecto ecuménico, añadiendo algunos elementos de la Teología de la liberación y enfatizando otros de la Doctrina Social de la Iglesia. En suma, que Francisco ha desplegado un discurso bastante “populista” centrado en aquello que los teólogos latinoamericanos llamaron en su momento “la opción preferencial por los pobres” (curiosamente, una fórmula reiterativa en el discurso de un político como Gustavo Petro). El llamado de Francisco hacia la “justicia social”, concepto caro a los movimientos progresistas de todo el mundo, ha sido tan vehemente que en alguna ocasión llegó a decir que “son los comunistas los que de verdad piensan como cristianos”.

Francisco ha sabido, así mismo, hacer honor a su nombre abanderando la causa ecológica o ambiental, haciéndolo incluso de manera brillante en su encíclica Laudato si’ en la que aboga por el cuidado de lo que él mismo llama “nuestra casa común”. Súmese a ello sus declaraciones en favor de muchos temas tabú (homosexualismo, aborto, inmigración) y tendremos a un personaje que, medido en el contexto que le corresponde, sin duda cabe calificar de revolucionario.

Sin embargo, y a pesar de todo lo anterior, hay quienes consideran que los cambios no son ni evidentes ni suficientes y que, en últimas, Francisco parece estar operando un calculado “lavado de cara” de la Iglesia. Que Francisco no haya corrido la misma suerte del fugaz Juan Pablo I, cuya sorpresiva y temprana muerte ha levantado sospechas de que en realidad fue asesinado, justamente a razón de sus ideas progresistas, parece apoyar esta interpretación.

Por supuesto, más allá de los elementos meramente conspirativos, hay que decir que la posición de estos últimos no es del todo errada, pues es evidente que la Iglesia como institución sigue en mora de adaptarse al signo de los tiempos. De hecho, como apuntamos antes, parece haber un divorcio entre la figura de Francisco, mucho más humana y humilde, y la de una Iglesia que sigue evidenciando signos de ostentación y poder. Así, mientras Francisco se ha despojado en su atavío de todos aquellos ornamentos lustrosos propios de su dignidad (va casi siempre vestido con una sotana blanca sencilla) o critica una vez sí y otra también los abusos y excesos del capitalismo (siguiendo, como hemos dicho, las líneas doctrinales de la DSI), lo cierto es que en el Vaticano los cambios no parecen tan evidentes ni mucho menos revolucionarios.

Visto en perspectiva, Francisco no parece ser más que una rara avis en la historia del Vaticano, un Papa exótico y populachero que le ha permitido a la Iglesia recobrar algo de la confianza y la fe que estaba (y sigue) perdiendo. Sin embargo, tampoco podemos pedirle o esperar de él que en cinco años -o lo que dure su pontificado- cambie radicalmente a una institución que durante siglos, y no siempre de modo piadoso, ha acumulado poder y riquezas y ha actuado como factótum de no pocos regímenes odiosos e ilegítimos. Hoy, en plena semana santa, se nos antoja pertinente recordar que hace casi dos mil años un pobre hombre se enfrentó a un poder tal, y todos sabemos cómo terminó la cosa. Francisco, pues, no parece tener vocación de mártir, pero es indudable que ha dado pasos firmes hacia la consolidación de una Iglesia que pueda al fin reconciliarse con los valores verdaderamente cristianos, que no son otros que los mismos que, desde siempre, han invocado todos y todas aquellas personas que defienden la vida y luchan en contra de la injusticia…

[PS: La impresionante foto que acompaña este artículo es deNacho Arteaga y ha sido tomada de su perfil en la página Unsplash]. :)

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